Jul 072012
 

                                               

 

           Toma la vida en tus manos                                   
Hablando de las manifestaciones de una perso-nalidad madura, hemos ido mencionando algunas expresiones como la estabilidad del espíritu, el autocontrol emotivo, la constancia en perseguir los proyectos de vida y la capacidad de obrar libremente. Estas cualidades suponen ecuanimidad y equilibrio de vida.
En cambio, si vamos a la vida cotidiana cons-tatamos que estamos sujetos a la experiencia de la variedad y la mutabilidad de los estados de humor. Unas veces nos sentimos alegres y expansivos, co-municativos y capaces de cualquier empresa; la ebullición interior busca salida en la alegría ruidosa, en el alboroto y la actividad corporal. Nos sentimos llevados a las estrellas y quisiéramos lanzar gritos de júbilo a toda la tierra.
Otras veces, nos sentimos mortalmente tristes, hundidos en el abismo y la oscuridad, con temores confusos, desganados para toda actividad, sin ánimo para entrar siquiera en un diálogo tranquilo con alguien, todo y todos nos molestan; dudamos de lo que ayer amábamos. En nuestro espíritu sólo hay irritación, susceptibilidad, ansia, angustia, depresión, indecisión y miedo al futuro.
Con esta descripción, quizás algo dramática, estamos aludiendo al influjo que los estados de ánimo ejercen sobre nuestro comportamiento como hombres. La falta de conocimiento de su naturaleza, de su función y del método para educarlos acarrean al hombre muchas dificultades que en sí son evitables. 
Es triste admitirlo, pero por la falta de formación de los estados de ánimo, fracasan grandes proyectos en la vida y muchas decisiones importantes se orientan mal.


Naturaleza de los estados de ánimo

Una descripción genérica de los estados de ánimo podría ser: estados afectivos variables, relacionados con estímulos y emociones pasajeras. No hace falta una definición estricta, todos los experimentamos. Por la mañana uno puede estar eufórico y de buen humor, y por la tarde deprimido y de mal humor.
Los estados de ánimo en cuanto tales, se distin-guen del estado de ánimo vital fundamental en singular. Este último se refiere a un componente habitual del temperamento por el cual el hombre tiende naturalmente a la alegría o a la tristeza, al optimismo o al pesimismo. Tal tendencia habitual, que colorea la personalidad, viene dada por factores hereditarios y orgánicos. Hay hombres naturalmente alegres y otros no tanto.
Aquí nos referimos sobre todo a los estados de ánimo variables, a su influjo en el comportamiento y a la posibilidad de educarlos. Por ello es importante tener en cuenta que el estado de ánimo es lo que da sabor a la vida del hombre, todo se ve a través de él. El estado de ánimo vital es como las gafas de los restantes estados de ánimo. Sabiendo eso, la persona puede hacer las atenuaciones necesarias para alcanzar la ecuanimidad en la formación de su personalidad madura. 

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¿De dónde vienen los estados de ánimo?

Hay muchos factores que contribuyen a formar los estados de ánimo. Podemos clasificarlos en dos grandes grupos:

a. Factores de orden físico
Hechos tan simples como un cambio de presión atmosférica en un día nublado o en un día radiante, o una mala digestión, una noche de insomnio, una fatiga general o una alteración hormonal pueden provocar las oscilaciones del humor.

b. Factores de orden psíquico
Situaciones determinadas o vivencias como un día de fiesta y vacación, un éxito, una noticia alegre o triste, una relación positiva o negativa con una persona, un recuerdo, una imaginación, a veces un inconfesado descontento con la situación actual en que uno vive, una inadaptación con el ambiente y las personas con las que se convive, pueden alterar el humor. Otras veces hay estados de ánimo aparentes, que surgen de la “psique” o son presagio remoto de enfermedades orgánicas. Los estados de ánimo a veces tienen algo de misterioso por estar situados en la zona fronteriza entre lo físico y psíquico.

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Influjo de los estados de ánimo

Ahora bien, si éstas son las causas de los estados de ánimo, ¿cuál es su influjo en el comportamiento? Ya en la parte introductoria de este capítulo aludimos a algunos de los efectos de los estados de ánimo en el hombre. Ciertamente, no asiste como un espectador al drama de sus propios cambios de ánimo; se encuentra flotando en medio del mar, subiendo y bajando al son de su oleaje. Todo su comportamiento se ve afectado por ellos, sus relaciones con Dios, con los demás y sus actitudes frente a sus deberes y tareas. Así, hay días en que los cambios de ánimo le llevan hasta el punto de querer echar por la borda sus convicciones más profundas e íntimas como su opción por Dios.
Frente a estos cambios que pueden tener efectos tan trascendentales y que parecen ir y venir sin previo aviso, ¿qué debemos hacer? Está claro que no hay que dejarse llevar por todas las circunstancias de la vida como un víctima indefensa. Un hombre que pretende algo en la vida y tiene opciones conscientes necesita una cierta reciedumbre frente a estos cambios de ánimo para poder llevar a cabo sus fines. Es verdad que hay diversos temperamentos, unos más sensibles o susceptibles que otros. Algunas personas lloran cuando están alegres o tristes, otras no. Pero todos, en cuanto hombres que tienen un proyecto de vida, pueden alcanzar este autocontrol con un trabajo cons-ciente, apoyados y alentados por la gracia de Dios.
En todo este campo hay un punto que tiene que quedar claro. Sentir estados de ánimo adversos no es ni malo ni culpable, es simplemente humano. El problema está en no saber manejarlos bien, en no encauzarlos para que ayuden a lograr los fines propuestos. Pero, ¿cómo debe comportarse el hombre frente a sus propios cambios de estado de ánimo? No se trata de un camino distinto del que ya hablamos anteriormente.

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Formación

a. Conócete
Para que el trabajo no sea en vano es necesario hacer un diagnóstico de la situación personal. Por eso, como una ayuda para conocernos mejor, es necesario hacerse preguntas como: ¿Cuál es mi estado de ánimo vital? ¿soy básicamente triste o alegre? ¿pesimista u optimista? ¿Cuáles son mis estados de ánimo más frecuentes, cuáles sus variaciones? ¿Hasta qué punto siento los cambios, y en qué grado influyen en mi comportamiento? Preguntas que hay que hacérselas en un ambiente de serenidad, aprovechando sobre todo la ayuda de los demás.

b. Acéptate
Conocerse implica no solamente hacer un inventario de cualidades y defectos, sino también aceptarse realmente como se es, con sus dones psíquicos, corporales, afectivos y emotivos, con su temperamento y sus fallos particulares.
Además, en lugar de conocerse y aceptarse pasivamente, es necesario dar gracias a Dios por el don particular que le ha hecho en la personalidad que posee, sea cual sea. Basado en esta profunda gratitud hacia Dios, se puede adoptar una actitud responsable de aprovechar todo cuanto se tiene de bueno y de encauzar todo lo malo que se pueda tener en orden al fin que se pretende. 
Prácticamente, esto quiere decir aceptar las exigencias y consecuencias de la propia vocación. Con una actitud conquistadora buscar adoptar y configurar el propio ser según ella. Para hacer esto es preciso saber ver la vida como una respuesta a Dios en el amor. De esta manera los obstáculos que se presen-ten serán oportunidades para crecer en el amor en vez de ocasiones de desánimo.

c. Supérate
Después del conocimiento y aceptación de sí mismo, el siguiente paso obligatorio es el de la superación. Un hombre que tiene objetivos claros en la vida y sabe con qué medios cuenta, no es coherente si no trabaja de una manera consciente para llegar a su meta. Ciertamente hay y habrá muchos obstáculos, como los estados de ánimo negativos, pero la persona no puede reducirse a ser una marioneta a merced de ellos. Pensemos qué penoso sería decir al final de la vida: “Yo nunca logré lo que pretendía en lo profundo de mi ser porque mis estados de ánimo nunca me dejaron”. Quien no controla sus estados de ánimo es como las veletas de las torres que se mueven según el viento que sopla. Naturalmente esto es causa de muchas incoherencias, debilidad y superficialidad en la vida.
Cristo mismo en su ministerio se encontró con estos hombres y se dirigió a ellos de una manera clara y fuerte. Son como plantas que caen en terreno pedregoso: «oyen la palabra y la reciben con alegría», «estados de ánimo positivos pero no tienen raíces en sí mismos, sino que son volubles y cuando se levanta una tormenta o persecución por causa de la palabra», «estados de ánimo negativos», «al ins-tante se escandalizan» (cf. Mt 13, 20-21 y 7, 24-26). 
También los compara al hombre necio que edifica su casa sobre la arena. Cae la lluvia, vienen los torrentes, soplan los vientos sobre la casa y se derrumba estrepitosamente. Y de modo rotundo añade: «El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás -por la volubilidad de los estados de ánimo- no es apto para el reino de los cielos» (Lc 9, 62).
Con todo esto queda muy claro que para un hombre que ha elegido, en la libertad y en el amor, seguir la voluntad de Dios, los estados de ánimo no pueden ser el factor determinante de su conducta, sino sus convicciones profundas. Volviendo a la imagen de la veleta sobre la torre, el hombre de Dios tiene que comportarse como la torre, la cual se apoya en unos fundamentos firmes, permanece estable y bien afincada en tierra, mientras la veleta gira según la dirección del viento.

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La educación en la ecuanimidad

Surge espontánea la pregunta de ¿cómo hacerlo? Antes de tratar de responder a esta pregunta, quizá nos resultaría útil recalcar algunos puntos ya mencionados. Los estados de ánimo acompañan todas la vivencias y acciones del hombre dándoles una peculiar matización afectiva. En sí, son un don natural de Dios que le enriquecen. Su aprovechamiento está en saberlos trabajar y educar mediante la “ecuanimidad”. La ecuanimidad consiste en el predominio habitual de un estado de ánimo sereno, equidistante entre la alegría desorbitada y el abatimiento excesivo. Desde nuestro punto de vista, es el habituarse a ser fiel a la opción por Dios con perfección, sencillez y alegría, sostenidos por el amor. Esto es lo que capacita al hombre para cumplir sus deberes a pesar de sus estados de ánimo. Una persona ecuánime vive de convicciones; ante los cambios de los estados de ánimo, nunca pierde en la profundidad de su alma el sentido vivo y fresco de su amor a Dios.
La educación en la ecuanimidad no es una labor represiva sino algo neta y totalmente positivo. Sí, requiere disciplina y autocontrol pero es como poner cauce a un torrente caudaloso para que produzca energía y fecunde los campos sin destruirlos. Se trata de “formación”, que quiere decir, fomentar lo positivo y rectificar lo negativo. La actitud aquí es: si el sentimiento ayuda, bienvenido; si entorpece, debilita, distrae, entonces la voluntad tiene que entrar en acción para fomentar el sentimiento opuesto.
A este propósito, el medio más eficaz para la educación de los estados de ánimo es la orientación habitual de toda la vida, en todas sus facetas, hacia el ideal. Este trabajo, necesariamente gozoso, por iden-tificarse con él, irá creando en el hombre una actitud habitual de sano optimismo sobrenatural que puede transformar cualquier estado de ánimo en factor positivo. Todo es gracia para el corazón enamorado de Dios. En palabras del apóstol san Pablo, «para los que aman a Dios, todo contribuye al bien» (cf. Rm 8, 28). San Agustín, por su parte, decía: «Ama y haz lo que quieras». El amor a Cristo, como ya lo hemos dicho muchas veces, es la fuerza de toda formación del cristiano. Se trata de un amor operante que va más allá de un sentimiento o de un querer amar a Dios. Para que este amor sea eficaz en la formación de los estados de ánimo, tiene que ser un amor real y experiencial; algo que se vive, no un pensamiento.
La formación en la ecuanimidad es como crear una morada interior donde Cristo reina por encima de los estados de ánimo. Esto requiere la formación de la imaginación. Es necesario educarla y no dejarla divagar inútilmente como la loca de la casa. Las imágenes que produce pueden provocar sentimientos a favor o en contra del ideal. Hay que saber dirigir la imaginación hacia el ideal, saber hacerla callar cuando empieza a distraer. Para todo eso no cabe duda de que un ambiente de silencio exterior y recogimiento interior es imprescindible. De ahí la importancia de saber recogerse en algunos momentos del día en oración y renovar frecuentemente los propósitos básicos.

Algunas consideraciones
Es necesario distinguir entre los estados de ánimo y los principios y convicciones. Ésta no es tarea fácil. Requiere una capacidad de abstraerse de la propias ocupaciones para tener una visión más objetiva y verdadera. Por eso es muy importante contar con un guía espiritual cuyo interés único sea ayudarnos a alcanzar nuestra perfección humana y cristiana. No se trata de buscar alguien que haría lo que uno debe hacer, esto sería irresponsabilidad, sino alguien desinteresado, o mejor dicho, interesado solamente en nuestro propio bien espiritual, para ayudarnos a descubrir lo que pertenece a Dios y lo que pertenece al César.
Por si algunas de las ideas que hemos expuesto parecen teóricas, tomemos un ejemplo para explicar mejor la actitud de la persona ecuánime y madura ante ciertas situaciones de la vida. 
Supongamos que uno se encuentra en un equipo con personas que tienen que trabajar juntas para llevar adelante un proyecto apostólico. Después de la primera reunión se ve claro que hay varias personas en el equipo a las que, por razones de temperamento, historia, cultura, o lo que sea, les cuesta trabajar juntas. ¿Cuál es la actitud de la persona madura dentro de estas circunstancias? Como dijimos, hay que hacer la distinción. Lo esencial aquí es sacar adelante el proyecto apostólico dentro de un ambiente de caridad y de colaboración cristiana. Por eso, la persona madura frente a estas circunstancias no puede quedarse en quejas y lamentaciones inútiles. Se dirige a lo importante, a superar con el amor todo obstáculo, a trabajar con un espíritu positivo lanzando iniciativas que promuevan la unión para que se realice ese plan que tanto bien hará el reino de Cristo. Por su amor a Dios la persona ecuánime sabe encontrar lo bueno en todo y hacerlo brillar. Sabe bien que en el fondo se puede encontrar siempre algo bueno; es cuestión de buscarlo.
Mas los estados de ánimo son factores de inestabilidad en la vida, para combatirlos hay que contraponer factores de estabilidad, los cuales tienen que ser válidos para toda circunstancia, resistiendo como roca firme la marea alta y la marea baja del humor. Tales factores tienen que venir de una fuente estable, la cual no puede ser el hombre sino Dios. La fe en Dios, el amor a Cristo y la identificación real con la opción fundamental en favor de la voluntad de Dios son la única seguridad que tenemos para afrontar los cambios de los estados de ánimo.
Todo eso parece lógico y obvio, pero en la vida real la ecuanimidad cuesta. Implica a veces ir contra lo que se siente. Repetimos la clave: no importan los cambios de humor. Sí molestan, causan desazón y temor. No importa. Lo importante es que la conciencia perciba claramente los principios de vida y que la voluntad obre según éstos.
Pero tampoco se trata de una represión o un desprecio estoico de la sensibilidad. Se trata de vivir bien lo que se pretende en la vida, se trata de una vida madura y feliz donde el hombre sabe aprovechar bien aquellos medios que le ayudan a lograr su fin y evitar todo cuanto le distrae.
Por último, hay que advertir que la formación de los sentimientos y los estados de ánimo es tarea que requiere mucha paciencia, sinceridad, tenacidad, vo-luntad y método, sin embargo, a la larga da muchos frutos tangibles e importantes sin los cuales no puede existir una vida realmente madura, humana y feliz.
Procuren todos formarse en la reciedumbre de espíritu, en el vigor y firmeza de la voluntad, en el dominio del carácter y en todas aquellas virtudes que avalan al hombre cabal, como son: la prudencia, la sinceridad, la responsabilidad, la disciplina, la preocupación constante por la justicia y la caridad, el amor a la verdad, la fidelidad a la palabra dada, la buena educación y la moderación y prudencia en el hablar.

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